Porque me evado del martillo que golpea el calendario.
No respondo a las señales que estropean un sueño.
No molesto a un corazón que llora cuando está contento,
ya no sé si me reafirmo, o me retracto…
¿y tú me dices que ya no te quiero?
Porque sería capaz de convertir tu cielo en mar.
Que sólo con asomarte pudieses ver una bahía.
No que ahora todo eso, cae tras un parpadeo,
ya no sé si son mis ojos, o es mi vida…
¿y tú me dices que ya no te quiero?
Porque le canto al aire, para que deslice tu pelo.
Que el límite entre ellos se esconde tras la bruma.
La historia, ya no sé si es de desamor, anhelo o miedo,
ya que mi vuelo se deshace como la espuma…
¿y tú me dices que ya no te quiero?
Porque al pulso le soy fiel, y a tu belleza no puedo serlo.
Separar tus caricias de mis dedos porque estoy temblando.
Ya los instintos me fallan, mas sólo preocupa mi aliento,
no por verso amargo, sino porque algo le está faltando…
¿y tú me dices que ya no te quiero?
Porque ya no estoy seguro de nada, me falta un beso.
Lo demás me da igual; lo confirmo, o lo deshago.
Entre pensamientos, vivo, y entre tus ojos muero.
Y mi único acierto, y me lo juego todo contra este halago…
es que sí, como nunca y como siempre, te he amado.
Fueron dos personas desconocidas las que me empujaron a hacerlo. A volver a escribir. Sentir que algo vagamente familiar volvía a recorrer por mis venas, sedientas de esa esencia que calmaba mis inquietudes. Fueron dos personas y una reflexión. Todo el resto del empuje lo establecieron otros entes reales o imaginarios que lo único que hacían era colaborar mínimamente.
Ella era charlatana, no hacía más que hablar; no sólo así mostraba su inquietud y nerviosismo, también elaboraba gestos avispados e implícitos en su fina figura, que escondía tras unas gafas de sol una mirada, que quizás sólo se dirgía al paquete del maromo.
Él era apuesto, señorial porque parecía escucharla atentamente. Tal vez tuviese alma, pero si verdaderamente fuese así, y muy de vez en cuando se parase a pensar en algo de provecho, no sé por qué sonreía a las absurdas oraciones de la fémina, ni por qué se encontraba expuesto al sol un lunes por la mañana, apoyando su codo izquierdo en su casco de motorista experimentado mientras exhibía un torso musculado y a la última moda.
¿Por qué no me miraba a mí y a mi paquete? ¿Carencia de personalidad? No. No creo en eso. Todos tenemos algo dentro de nosotros que nos diferencia de los demás. Pero, entre tú y yo, ¿por qué esos dos y otros tantos embisten todo ese rollo con una apariencia ceñida a todo un contrario?
Yo que parezco estar hecho de una sola pieza, a diferencia de él, estoy solo. No tengo un casco en el que apoyar mi codo, es un libro de Paulo Coelho lo que sustenta mi silueta incómoda. No son músculos turgentes los que me separan del frío, sino trapos preciados por un gusto, que no mira precisamente el volumen de un escote, sino que busca un alma detrás de esas tetas.
Yo solo busco,
Alcanzarte de cerca,
Sentirlo con la yema,
Que merezca la pena,
Yo solo busco,
Preparar tu merienda,
Por el meñique pasear,
Sin tropezarnos a ciegas,
Escribirlo por todo el barrio,
Fue obra maestra,
Y yo que sin tinta pensaba,
Pensaba en tenerla…
Burbujas en medio del jardín,
Con la lengua por si me enfado,
besarte en medio la nariz,
Me tiene enamorado.
Yo solo busco…
Sin lugar a dudas, la televisión es un fenómeno mediático que difunde por todo el mundo, y de forma constante, imágenes de todo tipo. Así pues, la televisión, como emisor, posee una gran repercusión en el día a día de la inmensa mayoría de personas que pueblan los países más desarrollados.
Dentro de la muchedumbre que hace un uso asiduo de la televisión, encontramos a una generación que cavila entre numerosos estilos, ideologías, aficiones y demás. Por tanto, la programación ofrecida por la televisión a los jóvenes, es variada y numerosa. Son muchas las emisiones televisivas que confrontan con la vista de un adolescente, y ello puede suponer un problema grave. Grave porque a día de hoy, los programas que ofrece la televisión para todos los públicos, son denigrantes, indignos y lascivos. ¿Hay programas culturales en los que se aprendan o se valoren tertulias con cierto grado de interés? Sí, los hay, pero son infinitamente menos que los primeros. Ya sea en forma de realitys, en forma de cotilleos, en forma, incluso de noticias… el morbo, la difamación, el correveidile, y la manipulación continua de información, hacen de la televisión un negocio que carece en su inmensa mayoría de pulcritud. La codicia, que se apodera mediante absurdas pugnas de quién es el más y el menos visto, siente una completa indiferencia por las consecuencias que puedan tener las imágenes emitidas. Una persona que ve eso desde pequeño, en lugar de leer a Enid Blyton, o entablar amistades intercambiando cromos en la calle, no tendrá, en un futuro, ningún valor inculcado. La televisión como pasatiempos está muy bien, pero ese incesante estupor que pueda producir unas mayores ganancias de dinero, hace que no se tenga en cuenta en absoluto, las influencias negativas que pueda producir ella misma.
En lo que a nosotros respecta, decir que retirar la vista de la pantalla, para hacer otra cosa de provecho, no es un crimen, y que ahí fuera, existen millones de entretenimientos más productivos que el embobe común que gira en torno al Gran Hermano y toda esa escoria.
De lienzos me alimentaba en cada trasnochar. Su figura se exhibía estirada y fina a lo largo del humo embadurnado por un derrame de ceniza. Cada parpadeo se convertía en un sabroso mordisco a su belleza. Su silueta, caminaba erguida entre tacones de aguja. Era como melodía para mis oídos. La desvergüenza del descaro, y la vivencia de recoger el fruto de tu trabajo. En mis sueños se deslizaba regalando sensualidad por cada movimiento que generaban sus zapatos, haciendo resonar, con rebeldía, los tacones. Su recuerdo, su fragancia; mágico… Estoy seguro de que en su día hubiese podido volverme loco de alegría. Cada arañazo amistoso en un pasado colorido, mudando los aires que respirábamos juntos de pulmón a pulmón, enmascarando el rastro de una pluma que escribe tequieros por una espalda desnuda y tintes de amistad. Maldito el día que cambiaste eso amigo por un violento taconazo en mi pecho, de esos que dejan marca para siempre.