Hasta entonces, todo parecía ser igual en su día a día. El sol salía, los chicos iban a la escuela, sus coetáneos paseaban y compraban pan, a la tarde los adolescentes se daban besos por la plaza, y el sol se ponía.
Un día, una vez, fue diferente, para él, y para un muchacho que se le acercó a preguntarle si quería algo de pan para comer. Sin ningún tipo de escrúpulos; pasando por encima de todos los rumores y venciendo a las posibles represalias que vendrían tras aquel contacto verbal, el muchacho, con buena voluntad, con gran devoción y tranquilidad, y sin ser consciente de que es así como realmente, pienso, que se debe actuar, le estaba ofreciendo su desayuno. El pan que preparó su madre con cariño y esmero, que se rebanaba entre mantequilla y jamón york, ese pan, que estaba predestinado a su paladar, ese niño, que estaba predispuesto a no comerlo, con sólo saltarse una mísera regla, escupió al destino, de manera que quedó por encima de todos aquellos que obedecen y agachan la cabeza para no ver más allá de una realidad inventada. Todo ello sin tener más uso de razón que el que le ha otorgado la naturaleza con su edad.
Musitó, con algo de reparo, -¿tienes hambre?, ¿quieres mi bocata?- El trotamundos, sorprendido por aquel anómalo detalle, le dijo que sí, y le invitó a que le acompañase unos minutos, al menos, los que durasen los mordiscos, que no serían muchos; ni minutos, ni mordiscos. Masticaba rápido, como si no hubiese comido en tres semanas, y mientras, el niño, ingenuo, lo miraba asombrado. ¿Cómo algo con lo que uno tiene todos los días y que no produce ningún elenco de satisfacción, puede en otro, ser un manjar tan exquisito y delicioso? El niño, como tal, no dejó en el aire su propia duda, porque es un niño, y los niños no tienen reparo alguno en solventar sus inquietudes, para que luego digan que son ellos los que tienen que aprender de los mayores. –Si te gusta tanto, por qué no lo comes más a menudo?- El errante miro al frente mientras terminaba de tragar, se limpió un poco la boca con la manga de su chaqueta, y le contestó, -no soy yo el que decide lo que como o lo que dejo de comer, exactamente igual que tú, sólo hay una pequeña diferencia, tú, aún así tienes cocina, y yo no.- El chaval parecía no terminar de entender lo que le habían dicho, pero le contestó de forma contundente, que él es lo suficientemente mayor como para tener una cocina. El transeúnte quiso encontrar en la mirada de aquel niño una fuente de razón, pero no la encontró, y como el niño, él tampoco tuvo reparo en decírselo. –Eso que dices es una verdad como un templo, pero por el mundo hay personas que deciden no tener cocina nunca, aunque tengan edad para saber entender cada botón de cada electrodoméstico. Yo soy una de esas personas, no quise nunca tener cocina.- El niño seguía debatiéndose entre la incertidumbre tras las palabras del señor de al lado, y prosiguió con su cuestionario. -¿Pero qué tienen de malo las cocinas?, ¿a caso no te gustan los electrodomésticos?, ¿o es más bien miedo a alguno de ellos?, es el fuego, ¿verdad?, por eso no terminas nunca de encenderte ese medio cigarro que llevas siempre en la oreja, y cuando fumas, es de alguno que venga encendido ya. Él estaba disfrutando de los últimos bocados con su mirada siempre al frente, pero perdida. –Las cocinas no tienen nada de malo, a día de hoy, parece que todos deben tener una para poder comer caliente. Y el fuego, es parte de esa calentura. Puede que aquel niño no entendiese nada, o tal vez, lo entendiese todo.
Su frescura, y su avispado desparpajo, se contrastaban con la ingenuidad de un niño de su edad. –El calor, y el fuego, son peligrosos, mi madre lo dice siempre, no toques esto, no toques lo otro, porque te vas a quemar, y cuando uno se quema, duele.-
por Jesuli